viernes, 18 de septiembre de 2009

Epílogo

Amparados por la confusión de los duendes, que todavía no entendían bien qué había pasado y huían apresuradamente, los chicos se encaminaron hacia el túnel por el que habían entrado los rescatadores. Para no ser descubiertos, dejaron atrás todas las antorchas, alumbrándose tan solo con la luz de algunos celulares. Justo a tiempo, porque desde los otros túneles y galerías llegaban gritos enfurecidos, seguramente de refuerzos para los duendes, y la lucha podía volverse más peligrosa.
- Vamos rápido - los alentaba Matías Colque. - Pero en silencio.
- Menos mal que se nos ocurrió buscar ayuda - dijo José, luego de unos minutos.
- ¿Ustedes lo hicieron? ¡Son unos genios! - exclamó Harry, estirándole cariñosamente la oreja derecha.
- ¿Y el Sapito ya está en su estado normal? - preguntó Peppo.
- Él dice que no se acuerda de nada... - explicó Matías.
- A ver... - dijo Machu, deteniéndose un momento y encarando al Sapito. - ¿Cuál es tu comida favorita?
- No sé... - dijo el Sapito, que de tan confundido parecía a punto de llorar. - ¡Me gusta todo!
- ¡Sí, muchachos! - exclamó Machu alegremente. - Parece que ya está bien.
Todos dejaron escapar un suspiro de alivio, pero siguieron corriendo. Para acelerar más todavía, los más grandes se turnaban para llevar a los más chicos. Axel, que iba a cococho de Dolly, le dijo en voz baja a Sapito, que sin saber cómo había quedado a cargo de Seba:
- Te voy a estar vigilando...
Aunque estaban muy entusiasmados por la lucha, también estaban cansados y temerosos de una emboscada. Por eso, el resto del corto viaje se hizo en silencio. Cuando llegaron al fondo del pozo que daba al parquecito, empezaron a trepar por la piola. El último en subir fue el Sapito, que se ató la cuerda a la cintura y se aferró a ella con ambas manos mientras entre todos lo izaban desde arriba.
Al reunirse en el parque, se apresuraron a cerrar la tapa de metal, y con gran esfuerzo colocaron encima tres grandes anillos de cemento de los que forman el multicolor gusanito. Sin embargo, su tarea no había terminado. Haciendo un último esfuerzo, saltaron el alambrado, corrieron hacia la Sala de Juegos, cerraron la compuerta de madera que está debajo del básquet, y ubicaron el juego de tal modo que dos de las patas impidieran abrir la puerta desde abajo.
Ahora sí, se quedaron más tranquilos. Para recuperarse de tantas emociones y vigilar un rato la entrada al mundo de los duendes, Harry y Gonzalo C. prepararon cinco litros del siempre delicioso jugo Kantry. Mientras lo saboreaban, empezaron a buscar una historia creíble para contar a la gente sin que los tomaran por locos. Cuando todos charlaban animadamente, comentando las alternativas de la lucha, Chachi se acercó a Peppo y en voz baja le dijo:
- ¿Sabés de qué me enteré en la cueva de los duendes? Parece que en la punta del campanario vive el Rey de los Murciélagos... Algún día de estos podríamos ir a buscarlo, ¿qué te parece?
Pero Peppo lo miró a los ojos con una expresión rara, le puso una mano en el hombro... y no dijo nada.


Fin de esta aventura

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miércoles, 16 de septiembre de 2009

Capítulo 15: El final de la aventura

Ya todo parecía perdido cuando un aullido estremecedor rasgó la oscuridad. Un grupo de sombras apareció corriendo por un túnel de la derecha.
- ¡Mirá quién viene! – gritó Matías, esperanzado.
Los que llegaban al rescate eran nada menos que Seba, Benjamín, Hugo, Pichu, Manolo, Boby, Octavio, Joel, Claudio, Nahuel y los hermanos Cañizares, seguidos muy de cerca por Guille, Enzo, Matías Martínez y José “Topo Gigio” Valencia.
Los duendes, sorprendidos por completo, no sabían qué hacer. Algunos de los rescatadores, expertos en las variadas tácticas de la lucha callejera, se arrojaron sobre ellos haciendo una exhibición de piñas, codazos, empujones, zancadillas, mordiscos y piquetes en el ojo. Otros, los más pequeños y tiernos, se conformaban con tomar afiladas piedras del suelo para lanzarlas a mano limpia contra el amontonamiento de enanitos verdes. Matías menor, José, Guille y Enzo, aprovechando el tumulto y algunas armas abandonadas, fueron cortando las ataduras de los cautivos, que se sumaron a la lucha con gran valor. Machu se liberó de los duendes que lo tenían agarrado y, junto con Matías M., fueron detrás de Sapito que saltaba, perdón, que corría desesperado hacia un túnel lateral que se perdía hacia abajo. Haciendo un esfuerzo supremo, Machu de un salto lo agarró de los pies. Casi en el mismo segundo, Matías se arrojó de costado sobre la espalda de Sapito, aterrizando suavemente, como si cayera encima de una cama de agua. Con la caída, Facundo se golpeó la cabeza contra el suelo. Mientras se sentaba en el piso de tierra y se tocaba con la mano derecha un grueso chichón en la nuca, los ojos se le pusieron borrosos, miró a Machu como si recién lo conociera, y apenas alcanzó a murmurar:
- ¡Machu! ¿Dónde estamos? ¿Ya pasó la hora del almuerzo?
Sin embargo, Matías y Machu no se confiaron y, entre los dos, haciendo un gran esfuerzo, pudieron levantarlo y ponerlo en camino hacia la plaza de piedra. Al asomarse a la boca del túnel, la lucha estaba en su mejor momento:
Octavio tenía agarrados a dos duendes por los pies y los agitaba haciendo entrechocar sus cabezas; Manolo giraba lentamente, rodeado por una docena de duendes que no se animaban a acercarse porque apenas lo intentaban eran derribados por patadas voladoras precisas y contundentes; Nahuel y Joel, codo a codo, se abrían paso a golpes de puño entre una fila de enemigos, derribándolos como si fueran soldaditos de plomo. Gonzalo C., lanza en mano, correteaba a dos duendes aterrorizados, riéndose a carcajadas. Nico L., en posición de bolita, era empujado por Enzo y Guille, embistiendo a los duendes que encontraba a su paso y dejándolos fuera de combate. Nahuel y Lucas habían alzado del suelo sendas espadas y escudos, y se metían sin miedo entre los duendes, haciendo remolinetes con el filo de sus armas. Pichu y Claudio, por su lado, con la guardia en alto se entretenían lanzando los clásicos golpes del boxeo: jabs, ganchos al hígado y cross de derecha. La cara de Pichu daba miedo, como siempre. Un poco más allá, Hugo, con un duende agarrado en cada mano, describía con ellos amplios círculos, como jugando al avioncito, y en el momento apropiado los soltaba, haciéndolos estrellar contra las paredes. Mientras tanto, Peppo tenía a un duende en cada mano, sosteniéndolos del cuello, y les decía con su clásica voz calma mientras los sacudía enérgicamente: “¿Se van a portar bien? ¿Se van a portar bien?”. Matías Colque era aún más cruel: se acercaba con sigilo a los duendes que peleaban con los demás y, aprovechando que le daban la espalda, aproximaba su boca a las grandes orejas verdes y desde dos centímetros de distancia les aullaba su famoso grito de guerra: - ¡Señor Jesús! ¡Estoy contigo! - Algo parecido hacían Seba, Benja y el Topo Gigio: mientras Seba cumplía su sueño de estar armado con una lanza y se trababa en lucha con algún duende, José se acurrucaba atrás del enano y Benja lo agarraba de los hombros, empujándolo hacia atrás. El duende perdía el equilibrio y se caía al piso, donde era desarmado fácilmente, y no le quedaba más remedio que escapar corriendo. Con esa táctica, el equipo de Benja, Seba y José resultaba devastador. Para completar la tarea, desde el centro de la plaza, Chachi, Dolly, Harry, la Anguila, Marcos, Fausto y los otros Nicos disparaban con arcos y flechas, sin dar respiro a los duendes, que no sabían donde esconderse.
- ¡Están conociendo la verdadera furia de Dolly! - se agrandó Santiago.
- ¡Esto es muy fácil! - agregó Chachi. - Más fácil que resolver inecuaciones cuadráticas con doble incógnita.
- ¡Sí! - dijo Harry, - pero a ese duende chiquito que corre de un lado al otro tirando piedras todavía no pude acertarle.
- ¡Pará, que ese es mi hermano! - dijo Marcos.
- Ya sabía... era una broma - mintió Harry apuntando para otro lado.
- Disparale, nomás... pero no tirés a matar - pidió Fausto.
Tras contemplar el espectáculo por unos segundos, Machu y Matías arrastraron al Sapito, que seguía muy confundido hacia la plaza, donde estaban los demás. Al verlos, Gonzalo C. gritó con voz fuerte:
- ¡Vamos! ¡Ya estamos todos! ¡Aprovechemos para salir de aquí!

Continuará el viernes.
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